De nuevo, el primer signo para analizar el bienestar humano con respecto a los riesgos que representa para sí mismo es la vida. Por supuesto, la violencia es la manifestación insigne del peligro que representamos los unos a los otros.  Para este punto en particular he tomado el trabajo del reconocido investigador Steven Pinker y su trabajo The better angels of our nature. Why Violence has declined (2011).En él se estudia el proceso de descenso de la violencia a lo largo de civilización humana en todos los niveles en que se presenta: guerras interestatales, guerras civiles, conflictos entre grupos raciales o por pertenencia religiosa, guerras entre tribus, conflictos entre grupos dentro de las ciudades como pandillas, asesinatos y hasta la violencia intrafamiliar. Además se estudia como fenómeno fractal, es decir que es observable a través de milenios, siglos décadas y años. De acuerdo con Pinker, posiblemente, nosotros estemos viviendo en los tiempos más pacíficos de toda la historia de la humanidad. 

A pesar de que muchas personas hoy sostengan la creencia de que la modernidad ha traído aborrecibles olas de violencia como ninguna época en la historia y que anteriormente se vivía en comunidades armónicas de las que nos hemos alejado hacia mayores peligros, lo cierto es que ha sucedido lo contrario. 

Comenzando con las sociedades cazadoras recolectoras, Pinker compara distintas de estas sociedades alrededor del mundo, desde la Amazonía hasta Nueva guinea, estableciendo bajo estudios arqueológicos la probabilidad de muerte que podía sufrir los miembros de una tribu en manos de otra persona. Incluso en las tribus más pacíficas, tanto del periodo prehistórico como de las sociedades cazadores-recolectoras, el porcentaje de población que moría por conflictos violentos oscila entre el 15% y el 20%. Europa y Estados Unidos a lo largo del siglo XX, incluyendo las dos guerras mundiales y los subsiguientes conflictos bélicos se encuentran por debajo del 3%. Si estas tasas de muerte en organizaciones tribales se hubiesen mantenido en el siglo XX, el número de muertes en el siglo 20 hubiese sido superior a las dos mil millones de personas en lugar de 100 millones., La probabilidad de ser asesinado por otra sociedad o tribu, o por miembros de sus propia comunidad era considerablemente más alta en organizaciones tribales de cazadores y recolectores, nómadas y sin estado que cualquier sociedad de hoy (Pinker: 2011; Ch 2. Fig 2-2).1

Avanzando hacia civilizaciones con estado, el autor toma como evidencia diversos pasajes bíblicos, fuente canónica de la moral de Occidente, donde repetidamente se presentan las masacres, violaciones y penas de muerte como eventos rutinarios y socialmente aceptados. A pesar de que las estadísticas para la guerra aparecen solo hasta la era moderna, todo ejercicio historiográfico revela que las sociedades precedentes a lo largo y ancho del planeta,  contaban con un conjunto más amplio de sanciones violentas legítimas para castigar infracciones y crímenes no violentos. Así, se sabe que las mutilaciones y las torturas eran formas de sanción rutinarias. Las penas de muerte se aplicaban para casos de homosexualidad, adulterio, blasfemia, idolatría, criticar al rey, robar un pan etc. Cortar la lengua, las orejas, cegar los ojos o la amputación de una mano eran sanciones frecuentes para infracciones que hoy solo se daría multa. Además, existían los métodos más sadísticos para ejercer las penas de muerte, como el empalamiento, la incineración en la hoguera, la rueda de desprendimiento de las extremidades y el desentrañamiento. Por supuesto la mayoría de sociedades ejercían el esclavismo para salvarse de trabajar, sometiendo a otros pueblos a cruentos métodos de control. Por último, se resaltan las crueles formas de entretenimiento, donde era usual los enfrentamientos a muerte entre individuos o la práctica de quemar gatos que producía risa entre los asistentes. 

Avanzando históricamente, Pinker toma los estudios de Manuel Eisner, quien comparó las tasas de mortalidad por muerte violenta desde el siglo XVI en todos los pueblos, condados y estados en Europa y Estados Unidos. A partir de allí pudo observar que la cifra decayó en las dos regiones, de más de mil muertes hasta 7 y 8 muertes por cada cien mil habitantes al 2007. (Pinker: 2011; Ch 2, Fig 3-3)

Ahora, al observar la historia reciente y mirar las tendencias de las sociedades actuales en los últimos 60 años, Pinker resalta la disminución constante en el continente americano y europeo de guerras entre estados, de disturbios mortales, masacres étnicas y en golpes militares, incluso en suramérica. A nivel mundial, se muestra la disminución únicamente en guerras interestatales. Pero a pesar de que los conflictos entre estados sea el conflicto de mayor mortandad, el número de muertes absolutas y porcentuales en la segunda mitad del siglo XX se ha mantenido constante en su tendencia decreciente. Incluso a partir de los años 90, se presenta una disminución del 90% en genocidios y una reducción significativa a escala mundial de muertes por crímenes violentos. (Pinker: 2011; Ch 6). 

En su libro, Steven Pinker demuestra con una amplia y rigurosamente analizada evidencia empírica y estadística, la forma en que ha declinado la violencia en la especie humana en todas las formas de manifestación y para quien no se haya convencido de esta provocadora conclusión, invito a consultar su obra completa. Ahora mi interés es por los factores asociados que han incidido en este declive. Según el autor, nadie sabe con certeza la respuesta, sin embargo se ofrecen cuatro explicaciones plausibles, tres de ellas las abordaré a continuación.

La primera de ellas es que Hobbes estaba en lo cierto al afirmar que se hace necesario crear autoridades supremas para el control legítimo de la violencia dada la naturaleza salvaje del hombre. Por supuesto, no es debido a que el humano tenga una naturaleza violenta como se suele afirmar, sino más por condiciones de competencia entre homólogos por los recursos escasos y la predisposición que surge del temor a que el otro individuo o grupo inicie el ataque primero. De allí emanan los ciclos de venganza y las escaladas de violencia, pues la única manera de mantener periodos de paz en condiciones de disputa sin un ente superior en fuerza o legislación, es bajo la amenaza de retaliaciones brutales en cualquier caso de agresión. 

A medida que existen instituciones que concentran el poder legítimo de la fuerza, que establecen sanciones y castigos al uso de la violencia, reducen el beneficio de su uso en diferentes escenarios. En las estadísticas analizadas por el decrecimiento de la violencia en Europa y el continente americano, se demuestra un alto índice de correlación entre la formalización de administraciones estatales centralizadas con la reducción de la violencia a lo largo de los cuatro últimos siglos. Sumado a ello, encontramos que las zonas de mayor conflicto actualmente justamente se observan en estados fallidos, imperios colapsados, zonas de frontera, mafias, conflictos entre pandillas etc. 

Una segunda explicación a la disminución de la violencia afirma que en ciertas circunstancias la cooperación entre dos partes en disputa pueden ser más beneficiosas que la escalada de violencia. Fundamentalmente esto se ve en las relaciones económicas, donde se puede requerir de los bienes o servicios de otros grupos humanos, donde son más valiosos vivos que muertos. El aumento en la interdependencia de relaciones económicas entre sociedades, por el crecimiento en la riqueza que ello implica, reduce las inclinaciones a la dominación violenta de una parte sobre otra. El declive de la violencia se encuentra entonces ligado a la confianza de los grupos para el comercio y los negocios, motivado más por razones egoístas que por una ausencia de voluntad de dominación. 

Una última explicación, tal vez la más interesante, fue propuesta por el filósofo Peter Singer. En ella arguye que por razones evolutivas, naturales y sociales, el ser humano ha ido expandiendo los círculos de empatía. Inicialmente, este círculo se reduce al grupo cercano de familiares y allegados, donde todo aquel que se encuentra por fuera es considerado un sub-humano y puede ser explotado con impunidad. Pero como lo ha demostrado la historia, el círculo de empatía se ha expandido desde la familia, a la aldea, a la tribu, al clan, a la nación, al estado, a la raza, a la especie humana y muy recientemente hacia otras especies, incluso hacia plantas o todo organismo sentiente.2 (Pinker: 2011; Ch 10 Sección 6).

La pregunta entonces se vuelve sobre los factores que han posibilitado la expansión de los círculos de empatía en la especie humana. De nuevo resalta el intercambio económico como un factor relevante en la necesidad de relacionarse con grupos sociales que pueden no compartir las creencias y valores, pero que advierten el trato justo y la reciprocidad de la interacción. Sumado a ello, el intercambio entre grupos distintos, la interacción de grupos sociales con el “otro” conlleva al desarrollo de un mínimo grado de reconocimiento de su contraparte como un igual, donde los intereses de uno no pueden ser considerados únicos y superiores sobre el otro, donde se reconoce que los deseos subjetivos no pueden ser impuestos más de lo que está justificado que él lo haga sobre éste, y sobre todo donde se reconoce un grado de aceptación al relativismo de las formas de vida diferentes a las de sí. 

Un último factor que potencia la ampliación de los círculos de empatía según Pinker citando a Singer, es el “cosmopolitanismo”: la disposición de los individuos a conocer la vida de otros -distanciados espacio temporalmente- a través de la literatura, de las artes, del periodismo, de relatos de viaje, del cine y el estudio de la historia, de las tecnologías que nos brindan la capacidad de conocer distintas biografías y que en general amplian nuestra cosmovisión general del mundo. A través de estos medios, se nos permite habitar vidas y puntos de vista de otros, generando así empatía y conmiseración por personas que no conocemos por contacto directo pero que nos revelan fenómenos universales a la condición humana y nos liberan de una reducción subjetivista del mundo. (Pinker: 2011; Ch 10 Sección 6)

Si bien este es un punto importante que buscaremos profundizar en el siguiente apartado, un aspecto que debo subrayar aquí es el carácter involuntario de la tendencia del decrecimiento de la violencia. Como hemos visto, este proceso no ha sido orientado por nadie, es como si la violencia hubiera decrecido a pesar de las intenciones de los humanos mismos. Se puede establecer entonces como un fenómeno estrictamente emergente de los sistemas sociales en su evolución histórica/natural. Lo que sabemos es que hasta el estado actual de la humanidad, las diversas manifestaciones de la violencia y particularmente las guerras interestatales se nos aparecen como un fenómeno por fuera de nuestro control. 

El conocimiento limitado de los procesos que conllevan a las naciones a dirigir el asesinato masivo de otra nación por fundamentalismos ideológicos y los ciclos de violencia que ello generan todavía están por fuera de nuestro dominio. Las guerras actuales en el medio oriente (Iraq, Afganistán o Libia), las crisis genocidas en Darfur o Rwanda hace poco más de una década o el conflicto armado colombiano son prueba manifiesta de ello. A diferencia del dominio de los factores naturales y físicos que deliberadamente hemos buscado y ampliado, la violencia aún se nos presenta como un fenómeno incontrolable. 

Ciertamente conocer las causas que motivan a la guerra son importantes para comprenderla, pero puede serlo aún más conocer aquello que posibilita estados pacíficos de relación entre seres humanos. Más adelante ahondaré sobre este punto. 

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Proyecto Continuum

Ensayos sobre el desarrollo de la especie humana.

Juan Pablo Hernandez

Sample Image Comunicador Social y sociólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá. Ensayista, investigador, científico social. Escéptico e idealista de profesión. Ni optimista, ni pesismista.... posibilista.

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